A veces no quiero vivir

Siempre pensé que los días que me faltaba motivación para vivir era cosa mía, que algo me tenía que estar fallando y que por eso me siento así. Ahora sé que no.
Ahora pienso en la presión que sentí por no ser lo "suficientemente inteligente" y no tener las mejores notas. En las pocas ganas que tenía de llegar a casa después de estar metida todo el día encerrada estudiando y ponerme a hacer deberes. Por supuesto que no quería. Y ahora tampoco. Ahora entendí que el problema no era mi falta de cerebro sino mi falta de motivación y que por lo tanto no era yo la culpable. Pero mi padre no lo entendió y peleó con mi madre tantas veces que cuando pensaron en separarse me culpó a mi. Y la pasé tan mal que igual lo volvieron a intentar y esa fue la primera de muchas, de muchas veces que internamente siempre me culpo a mi un poco. 
Pienso en mi mejor amiga, mi hermana, y el día en que decidió hacerme algo espantoso, arruinando mi confianza en las personas. Y así vino la segunda, a la que le confié cosas que no me animaba a hablar en alto pero que ella entendía. Hasta que un día sin razón paró de entenderlas y decidió irse sin darme explicaciones. Entonces está la tercera, que apareció entre medio de la primera y la segunda y le regalé el primer puesto en mi vida. A ella le confié y conté todo lo que me pasaba, me abrí más que nunca y me sentía bien porque a pesar de nuestras diferencias supimos entendernos como nadie. Pero un día se entendió mejor con otro y empezó una relación en la que no había espacio para amistades, y menos para la mía que le remarcaba todo lo que estaba haciendo mal porque supuestamente una amiga tiene que apoyar y mentir en lugar de ser honesto, o al menos ella lo vio así.       
Ahora ya no quiero confiar. Ya no quiero abrirme más. No quiero entregarme toda para que se terminen riendo en mi cara de lo estúpida que fui.
Pienso en mi primer amor, que primero pensó que no era tan linda y por eso no quería estar conmigo pero que después de un tiempo volvió porque se dio cuenta de que si me quería a pesar de que no estaba a la altura de sus ideales de belleza. No funcionó, claro. Se fue al tiempo, por un lado se llevó  el aprendizaje de que la apariencia no es todo lo que hay y por otro lado se llevó también un poco de mi autoconfianza. 
Después vino mi segundo amor que jugó conmigo como niño chico con juguete nuevo, hasta romperlo. Cuando se aburrió me dejó tirada, sin ganas de volver a sentir nada por nadie nunca más, y hasta ahora llevo el record en eso.
Pienso en mis compañeras de clase, que escondían sus cuerpos por los mismos ideales de belleza que hablé antes. Esos que la sociedad estableció como lo que estaba bien. Las vi destruirse, las vi dejar de comer, hacer dietas extremas, vomitar la comida. Incluso después de llegar al ideal, las vi sentirse disconformes. Y yo al lado de ellas era un chiste. Ahí se fue otro poco de mi autoconfianza. 
Pienso en aquel loco que un día decidió que le atraía y se me tiró arriba como si yo le hubiese pedido que lo haga y a pesar de que me negué no paró de darme besos a la fuerza. No me salió hablar. Era un lugar público y nadie hizo nada. No pareció ser suficiente que mis manos estuvieran las dos en su cara, empujándola lejos de la mía, no pareció ser suficiente ni para él, ni para el resto que no habló y que me calló a mi también.
Fue el primer día que sentí asco de estar en mi piel, asco de verdad, un asco que no me pude sacar ni rastrillando el jabón contra mi cuerpo, ni con las lagrimas que no paraban de caerme mientras buscaba alguna forma de ocultar las marcas que me había dejado porque no quería explicarle a nadie lo que me había pasado. Me sentí indefensa y sola, como tantas otras mujeres que tuvieron que pasar por algo similar o peor y que capaz no viven para contarlo y me duele el alma por todas ellas.
Pienso en aquella vez que me llamaron puta con quince años, por sacarme la ropa en un fogón en la playa y meterme al agua en bikini con hombres y mi hermana. Y en el resto de las veces que a la sociedad le pareció justo decirlo y meterme en la cabeza que ser libre era mal visto e ibas a ser etiquetado por eso. Una de las primeras veces que me lavaron la cabeza con cosas estúpidas.   
Pienso en el nacimiento de mi sobrino que me robó el corazon desde el primer día. En lo que le tocó vivir, una injusticia para alguien tan chico. Lo veo y me duele, me duele el verlo sufrir a él que es tan bueno. Me duele pensar en lo que tiene que pasar y que tenga que enfrentarse a esta sociedad de mierda que poco a poco le va a ir robando su seguridad.
A los años nació mi segundo sobrino, que no tuvo más suerte que el primero. Y se me volvió a romper un poco el corazón de tener que ver otra vez el mismo proceso y sufrimiento que antes. O a mi hermana tener que pasar otra vez por el mismo dolor. Y es que cada vez que los veo sonreír mi corazón late un poco más fuerte por ellos y se rompe el doble también.
Pienso en ellos cada vez que un niño aparece muerto y violado y quiero romper todo, pero solo me sale llorar una vez más por la cantidad de crueldad que puede existir en algunas personas. 
Pienso tanto que ya no quiero pensar más, ni sentir más.
Y me pido perdón por las veces que me culpé a mi cuando el problema estaba en otro lado, y me pido perdón por las veces que me lastimé con tanto dolor. Un dolor que voy a tener siempre.
Cuando pienso en todo lo que está mal no quiero vivir más, pero la sigo remando porque en el fondo se que no todo es así, que algunas cosas valen la pena y que, a lo mejor, aunque me sienta toda rota por dentro, algún día me voy a volver a armar para salir valientemente a enfrentar lo que sea.
Por mientras, soy esta mezcla de confusión, rabia y dolor que cada tanto no quiere vivir más pero que la sigue aguantando.       
    

Comentarios

Entradas populares de este blog

10 meses sin tí

Intensidad

Llamame romántica.